jueves, 11 de octubre de 2012

Dejé de llamar porque siempre era la misma historia. ¿Para qué? Si lo único que recibía era un palo tras otro. Me interesaba por ti y siempre estuve disponible cuando estabas mal o bien, siempre. Siempre tuve sonrisas reservadas para ti y te prometí que siempre estaría a tu derecha, para que cuando necesitases un abrazo, no te sintieses sola y me tuvieses a tu lado.
Y ahora, todo eso son cenizas. Preferiste la fiesta y otras compañías que se acercaron a ti por conveniencia. Y yo pasé a otro lado. Dejé de llamar y de preocuparme por ti, porque en una amistad ponen su granito de arena las dos personas. Y en la nuestra, sólo lo ponía yo.
Llevo esperando dos meses y medio por esa llamada en la que quieras saber algo de mí, en la que minimamente muestres un poco de preocupación. Pero no, esa llamada no llega y mi esperanza se apaga. Sé que esto se ha terminado y que no me querrás ver nunca más, solamente te recuerdo que una vez me pediste que nunca perdiera tu collar, ese en el que prometíamos ser amigas para siempre.
Y ahora, tras trece años de amistad, ya no queda nada.

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