Nos despedimos siendo conocedores de que esos quilómetros no afectarían a lo que
sentíamos. Sabíamos que la distancia era sólo cuestión de números, no de dudas,
ni de miedos. Lo nuestro continuaría unido y más fuerte que nunca; había sido
creado para disfrutarlo hasta que la mecha del amor se apagase, tenía unos
cimientos más fuertes que el acero y, aunque habían sido sólo dos meses de
verano, la confianza plena del uno en el otro era increíblemente sorprendente y
verdadera.
Ambos teníamos miedo a múltiples cosas, entre ellas a
enamorarse, pero sabíamos que cuando nos conocimos algo especial nos había
marcado. La misión de nuestra historia era hacernos felices el uno al otro,
darnos momentos irrepetibles, besos que nos dejasen sin aire y caricias que
perdurarían con los años. Todas las horas compartidas las llevábamos en el mejor
de los baúles. No, no era ni una mesilla de noche, ni el cerebro. Sino nuestro
corazón.
Llegó septiembre y ambos conocíamos el significado de aquello.
La última tarde me regaló una postal con el monumento más famoso de París
ciudad y dijo: “Sé que por muchos quilómetros que nos separen, nos volveremos a
ver. ¿Ves este monumento? Es uno de los símbolos del amor más puro, de un amor
como el nuestro. Por eso te prometo que volveré a por ti e iremos juntos.”
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